Episodio · 1927 – emigración de los años sesenta · El frente del río
El pan que Paulino guardaba
Paulino Lorente, «el Coleto», nació en Alustante en 1927. Con diez años dejó la escuela para cuidar ovejas y guardaba parte de su merienda para llevársela a su madre. Picó piedra para la carretera, se casó con Silveria en 1954 y en 1963 se fueron a Madrid. Con 99 años se lo contó a la revista Hontanar.
La escuela de don Benito
Paulino Lorente Sánchez nació en Alustante el 26 de febrero de 1927. Era uno de los cinco hijos de Leonardo y Jorja, y el mote de «el Coleto» venía ya del abuelo. Su padre era pastor y hacía la trashumancia a Andalucía, unos veinte días andando, durante muchos años para el comerciante Casimiro Lorente.
Fue a la escuela en plena República. Todavía se acuerda de los retratos de los presidentes colgados en el aula, que estaba en el ayuntamiento. En Alustante había entonces cuatro escuelas, dos de niños y dos de niñas. Hasta los diez años el maestro era don Benito González, que tenía mal genio y unos sesenta alumnos. Castigaba con la palmeta, levantaba a los niños de las patillas y una vez pegó a Paulino con un látigo por un borrón de tinta en el cuaderno. Se escribía con plumilla y tintero. En el recreo jugaban en la Lonja y, como no había servicios, orinaban contra la pared.
Aun así, aprendió a leer, las cuatro reglas, la regla de tres, los quebrados, los ríos y la gramática. A los diez años se pasaba a la clase de los mayores, la de don José Burgos, que tenía fama de enseñar de otra manera. Paulino no llegó a pisarla. Don José fue depurado en agosto de 1937.
Un trozo de pan para su madre
Con diez años, en plena guerra, Paulino entró a trabajar en casa del tío Atilano y la tía Ángela, que tenían carnicería. Cuidaba un atajo de treinta o cuarenta ovejas con un manso. Como no había frigoríficos, los dueños iban matando las ovejas para vender la carne y reponiéndolas. Cuando dormía en el campo, Paulino se ataba una cuerda a la pierna y el otro extremo a la pata del manso: al amanecer, el animal se movía y lo despertaba.
Trabajaba por la comida y alguna perra gorda. Dice que lo trataban bien. A la hora de la merienda buscaba a la dueña, porque le daba un buen trozo de pan, y guardaba una parte para llevársela a su madre. En aquel caserón, que hoy es la casa de los hermanos Yuste, estuvo hasta los dieciséis años.
Piedra, baile y boda
Con dieciséis o diecisiete años trabajó con su hermano Gregorio arreglando la carretera. Sacaban la piedra de la cantera de la Chaparrera, la machacaban a mano y la acarreaban con diez burros con serones. También llevó piedra para el cuartel de la Guardia Civil, que se inauguró en 1958.
Hacia los dieciocho años se hizo novio de Silveria Pérez, una vecina con la que bailaba los domingos en el baile del tío Pedro Esteban. Antes de entrar compraban un litro de vino y cacahuetes en la taberna del tío Trifón. A los veintiuno hizo la mili en Zaragoza, en Intendencia. Todavía había cartillas de racionamiento, y a veces los mandaban por los pueblos a arreglar o construir hornos de pan.
Se casaron en 1954. El viaje de novios fue a Hombrados, cerca de Molina, a casa de unos familiares, montados en un burro y acompañados por su tía Mónica. Volvieron con harina y algún pollo de regalo. Como tantas parejas, vivieron primero con los padres y luego de alquiler, hasta que en 1955 se quedaron con la casa de los padres de Paulino. Ese mismo año su hermano Victorio cantó misa. Había entrado en el seminario de Sigüenza con diez años, con una de las becas que el doctor Vicente Fernández, el inventor del Digestónico, había fundado para los niños de Alustante.
Silveria cosía en casa y Paulino seguía de pastor. Tenían dos vacas lecheras y el cerdo de cada año, que daba de comer a la casa entera. Nacieron dos niñas y un niño.
Madrid, 1963
Un año llegó una cosecha muy mala y se les murió una de las vacas. Se fueron de guardeses a una gran finca de Maella, en Zaragoza, mientras los niños quedaban con la familia. Su cuñado Simón, que les había conseguido el trabajo, se fue a Francia. Aquello duró poco: querían vivir juntos. En 1963 se marcharon a Madrid, donde Gregorio tenía un bar.
Los primeros meses fueron difíciles. Un cliente le prometió un puesto en Iberia que nunca llegó. Otro lo colocó de cobrador en un autobús, pero entonces se cobraba en la parte de atrás y Paulino se mareaba. Como no encontraban piso de alquiler, compraron un bajo en la calle Ayala y alquilaron habitaciones a tres policías. Al final, gracias a la familia de la casa donde Silveria hacía faenas, Paulino entró en la fundición de Barreiros. Era un trabajo duro, pero pagaban bien, y allí estuvo veinte años. Cuando no hacía horas, montaba cocinas. Silveria, además de las casas, llevó una pensión de siete habitaciones dobles para chicas.
Con noventa y nueve años, Paulino sigue siendo cofrade del Santo Cristo de las Lluvias y, cuando no puede subir a Alustante, «se acuerda mucho». La guerra que le cerró la escuela está contada en La guerra que entró en las casas; la marcha de tantos otros, en los pueblos que se vaciaron.
Vocabulario
- Atajo
- Grupo pequeño de ovejas separado del rebaño. Paulino cuidaba uno de treinta o cuarenta cabezas.
- Manso
- Carnero o macho castrado que guía el rebaño, a menudo con cencerro.
- Serón
- Sera grande de esparto que se cargaba a lomos de las caballerías.
- Tío, tía
- Tratamiento de respeto para las personas mayores del pueblo, sin parentesco: el tío Trifón, la tía Ángela.
- Cantar misa
- Decir la primera misa un sacerdote recién ordenado, con fiesta para la familia y el pueblo.
- Clamores
- Toques que anunciaban una muerte. En Alustante un niño los daba con una campanilla por las calles.
Siguiente relato: El pueblo que hacía vidrio