Oficio · Siglos XVI–XIX · Sal, hierro y madera
El pueblo que hacía vidrio
Entre el siglo XVI y mediados del XIX, El Recuenco vivió del vidrio. Sus hornos mandaron más de diez mil cuadros de vidrio y cientos de alambiques a El Escorial, llegaron a hacer 30.000 docenas de piezas al año y vendían en Castilla, Portugal y Andalucía. A sus vecinos todavía los llaman sopleros, y el pueblo entero está sembrado de cristales.
Quinientos alambiques para El Escorial
En octubre de 1587, Guillermo Carrara, un vidriero veneciano que trabajaba en los hornos de El Recuenco, aceptó un encargo para la botica del monasterio de El Escorial: quinientos alambiques. Cuatrocientos eran para destilar y cien de repuesto, por si alguno se rompía. Su hijo Francisco firmó también el compromiso. El encargo tenía molde, peso y plazo, y poco después hubo que cambiarlo: las piezas salían demasiado finas y se acordó ponerles más vidrio.
En agosto de 1589 la botica pagó los alambiques y redomas de Carrara, y en noviembre aparece otro vidriero del pueblo, Julián López, con una entrega de alambiques. Según María José Sánchez Moreno, que estudió la industria del pueblo en 1997, a El Escorial se mandaron en el siglo XVI más de diez mil cuadros de vidrio y cientos de alambiques y redomas.
Un pueblo hecho para el vidrio
El Recuenco está en una olla de cerros, en la raya con Cuenca. Fue aldea del Sexmo de la Sierra, en tierra de Cuenca, hasta que el 10 de mayo de 1553 recibió el título de villa, y en 1810 pasó a Guadalajara. Tenía lo que pedía un horno: pinares, chaparros y monte bajo para quemar, y arena en el Hoyo y el Alto la Manta. Un horno consumía treinta cargas de leña en veinticuatro horas. La barrilla, la planta salitrosa que ayudaba a fundir la arena, se traía de La Mancha y Murcia porque era mejor que la del país; hacían falta seiscientos quintales al año.
El horno, o capilla, tenía tres bocas y dos plantas, una para fundir y otra para templar. En el centro ardía el culerón, alimentado con teas de pino, y alrededor iban seis crisoles, que aquí se llamaban morteros. Los hacían los propios operarios, como alfareros, con rollos de arcilla. Junto al horno estaban la botica, donde se hacían las mezclas; el arenal, el barrillero, el astillero para la leña y el envasadero. Una gran rueda de piedra movida por caballerías molía la arena, que después se cribaba en cedazos cada vez más finos hasta quedar como harina.
El vidriero tomaba con la caña, un tubo de hierro de entre 1,20 y 1,80 metros, una bola de vidrio incandescente, y la soplaba y moldeaba sentado en el sillón, el banco de brazos de hierro sobre el que la hacía girar. Con las pinzas adelgazaba el cuello de la pieza; con las tijeras cortaba los extremos. Cuando llegaron al pueblo las máquinas de pelar mimbre, aquellas pinzas se jubilaron como mordazas para pelar varas.
Verde azulado
El vidrio de El Recuenco era de un verde azulado oscuro que se aclaraba al soplarlo muy fino, hasta hacerlo ligero. Muchas piezas se pellizcaban por los bordes para darles forma octogonal. Algunas tienen aire veneciano; otras están llenas de burbujas e imperfecciones. Según su estudiosa, no pretendía competir con el vidrio catalán ni con el de Venecia, pero mantuvo durante siglos una calidad muy pareja, gracias sobre todo a dos familias, los López y los Ruiz-Dorado, que se sucedían de padres a hijos.
En los siglos XVII y XVIII salían de sus hornos frascos para la botillería de la Casa Real, bombonas de hasta dos cántaras para el agua y los vinos de palacio, frascos para las fresqueras de viaje, fruteros, ensaladeras, saleros, vinagreras, candiles y vasos acampanados, desde el de un azumbre hasta el de un octavo de cuartillo, que llamaban media copa. Llegaron a hacer 30.000 docenas de piezas al año. El vidrio ordinario que se gastaba en Madrid, Talavera y Toledo era de El Recuenco y Arbeteta.
Quién trabajaba en los hornos
Cada fábrica llegó a tener más de cincuenta personas. Al frente, el maestro; luego los oficiales, y detrás aprendices, jornaleros, veladores, barrilleros, abridores, angarilleros, leñadores y arrieros. A veces todo el pueblo alternaba el campo con la fábrica, cobrando por día trabajado.
En 1752 aparecen Pedro Ruiz y Juan Cano como aprendices: cobraban comida, calzado y una pequeña soldada. Manuel y Juan Redomero eran abridores. Redomero es, de hecho, un apellido del pueblo desde el siglo XV, quizá por los que hacían redomas. En 1751 dos viudas, Juana de Heredia y María López de Aragón, constan como dueñas de fábricas arrendadas.
Por los caminos, con el vidrio a cuestas
Vender vidrio en Madrid no era fácil. El gremio de mercaderes del vidrio de la Corte tenía el privilegio de la venta al por menor, y los fabricantes y trajineros solo podían vender libremente en tiempo de feria. En 1740 una fábrica de El Recuenco entró por primera vez en el gremio, y Felipe V concedió a la villa una lonja en Madrid para vender al por mayor. Los acarreadores paraban en una posada llamada La Gallega y llevaban un papel firmado por el alcalde que garantizaba que el vidrio era del pueblo, porque las piezas eran demasiado delicadas para marcarlas. Un vaso que en tienda costaba seis cuartos, ellos lo daban por cuatro. Una carga de vidrio hueco pesaba dieciséis arrobas, y Madrid gastaba mil cargas al año.
El resto se vendía de pueblo en pueblo. El dueño fiaba un número de piezas a vecinos del pueblo, que le pagaban a la vuelta. Cargaban botellas, garrafas, picheles, frascas y saleros en coles, grandes cestos que llevaban a la espalda o a lomos de caballerías, y se pasaban meses fuera, dentro y fuera de la provincia, hasta Portugal. Muchas veces cobraban en especie: carne, cal, tocino o angarillas.
Un pueblo sembrado de cristales
Los hornos se apagaron a mediados del siglo XIX. En los años sesenta del XX, la emigración dejó el pueblo, de unos setecientos vecinos, por debajo de cien. De las fábricas no queda ningún edificio, pero el pueblo entero está sembrado de vidrio. En El Castillo, donde en 1761 tenía su fábrica Pedro Antonio López Romero, entre la escoria aparecen trozos verdes, ámbar, color vino, incoloros y azulados. En el barrio del Ozino hubo al menos dos fábricas, y en el Altiyo, el montículo de sus desechos, salen cuernecitos, los recortes de los porrones. La última fábrica estuvo en la calle del Río; allí se conserva todavía la rueda de moler. Muchas casas tienen trozos de morteros metidos en las paredes.
Buena parte de lo que se hizo aquí anda por museos con otra etiqueta, porque el pueblo era poco conocido. Sánchez Moreno localizó diecisiete piezas en el Museo Arqueológico Nacional, el Instituto Amatller, el Museo de Arte de Girona y la colección Macaya, y hay otras atribuidas en el Victoria and Albert de Londres y en la Hispanic Society de Nueva York. En la botica del Hospital Tavera de Toledo, entre la cerámica de Talavera, hay redomas y matraces con las burbujas típicas de El Recuenco. En el pueblo, en cambio, quedan pocas: muchos vecinos las cambiaron por cacharros de plástico a los anticuarios o las tiraron por viejas.
A los de El Recuenco se les sigue llamando sopleros. Otros oficios del fuego están en el fuego y la tierra, y la vida reciente del pueblo en Una casa para quedarse.
Palabras del oficio
- Soplero
- Apodo de los vecinos de El Recuenco, por el soplado del vidrio.
- Redomero
- Quien hacía redomas. Es también un apellido del pueblo desde el siglo XV.
- Mortero
- En El Recuenco, el crisol de barro donde se fundía el vidrio. Sus trozos acabaron en las paredes de las casas.
- Culerón
- Hogar central del horno, alimentado con teas de pino, alrededor del cual iban los seis crisoles.
- Caña
- Tubo de hierro de más de un metro con el que se tomaba el vidrio fundido para soplarlo.
- Barrilla
- Planta salitrosa cuya ceniza, rica en sosa, fundía la arena. Se traía de La Mancha y Murcia.
- Cuernecito
- Recorte de vidrio, resto de los porrones, que todavía aparece en los vertederos de las fábricas.
- Col
- Cesto grande que los vendedores llevaban a la espalda o en las caballerías.
Preguntas frecuentes
¿Qué se fabricaba en El Recuenco?
Vidrio hueco y plano. En los siglos XVII y XVIII salían de sus hornos frascos para la botillería de la Casa Real, bombonas de hasta dos cántaras para agua y vino, fruteros, saleros, vinagreras, candiles y vasos acampanados de un azumbre a media copa. Para El Escorial hicieron en el siglo XVI más de diez mil cuadros de vidrio y cientos de alambiques y redomas.
¿Quedan restos de las fábricas de vidrio?
No se conserva ningún edificio de las fábricas, pero en El Castillo, el barrio del Ozino, la calle del Río y otros solares aparecen trozos de vidrio de colores, crisoles y cuernecitos. Se conserva una piedra de moler, y en El Castillo hubo una fábrica que en 1761 era de Pedro Antonio López Romero.
Fuentes y lecturas
- María José Sánchez Moreno, «La fabricación del vidrio en El Recuenco: una industria olvidada». Cuadernos de Etnología de Guadalajara 29 (1997), pp. 206–216, 228 y 230.
- Juan López Gajate, «La Botica de San Lorenzo el Real de El Escorial», documentos 6, 7, 10 y 11, pp. 334–338. Transcripciones del Archivo del Monasterio de El Escorial.
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