Episodio · siglo XVIII – años setenta del siglo XX · Los pueblos que se vaciaron
Cuando el pueblo se oía
Las campanas avisaban de una muerte, de un fuego o de un bautizo, y en los días de niebla llamaban a los que se habían perdido en el monte. En Armallones, Toni Ibáñez aprendió a tocarlas con catorce años, cuando se quedó como única niña del pueblo. Checa guarda un Campanillo de 1813 y Arbeteta un granadero de latón con balas en la cabeza.
Una niña en el campanario
En 1976 cerró la escuela de Armallones porque ya no había niños. Toni Ibáñez se quedó como la única niña del pueblo. Tenía catorce años cuando el cura le pidió que le ayudara en un funeral: le acercó un banco, le enseñó cómo se tocaba y le dijo que hiciera lo que pudiera y que, si veía que salía volando, se agarrara.
Tocar a dobles tenía su técnica. Se agarra la maroma por encima de la cabeza y se bajan los brazos hasta la cintura; luego se deja que la fuerza del badajo suba las manos, se respira y se vuelve a tirar. Si no hay fuerza bastante, las manos van a la altura del cuello y el cuerpo se dobla en ángulo recto, y es la maroma la que te endereza. Toni lo resume en una frase: «La campana tiene que llorar», sin que el sonido se corte ni se precipite.
Muchos años después lo escribió en Abarca, la revista de los pueblos del Alto Tajo, con todos los toques que había conocido.
Lo que decía cada toque
Los dobles anunciaban una muerte. Al final se dejaba apagar el sonido y se daban tres golpes si el muerto era hombre y dos si era mujer; ese remate se hacía todavía en los años sesenta y luego se perdió. La importancia del difunto la marcaba la duración. Los dobles acompañaban al ataúd a hombros hasta la puerta del cementerio, unos veinte minutos. También se tocaba a dobles la víspera de Todos los Santos, desde las ocho de la tarde y durante casi una hora, con las casas llenas de velas y los muchachos colocando calabazas vaciadas como calaveras: se creía que esa noche volvían las almas del purgatorio.
El arrebato se tocaba deprisa, con la campana grande, ahogando un tañido con otro. Era la señal de un incendio o de una emergencia, y todo el mundo acudía sin preguntar para qué.
A gloria se tocaban las dos campanas a la vez, para bautizos, bodas y la Resurrección. Hacían falta varias personas para que se balancearan como campanillas, aunque la pequeña pesaba 200 kilos y la grande 500. Después del bautizo, el padrino tiraba caramelos a los niños desde lo alto de la escalera de la iglesia; si no lo hacía, le cantaban una copla burlona. En Armallones no nace ningún niño desde 1965.
El toque de niebla
El toque que mejor explica para qué servía una campana es el de niebla. Cuando la niebla o la ventisca borraban los caminos, se tocaba la campana grande por las tardes, desde una hora antes de anochecer, para que los que estaban en el campo supieran volver.
Eran tres toques, dejando que el sonido se apagara del todo antes del siguiente. Quien estaba perdido se paraba al oír el primero y esperaba al segundo para saber la dirección; el tercero le confirmaba el camino. El campanero calculaba a ojo, o paseando de un lado a otro del coro para no helarse, el tiempo que tardaba el caminante en avanzar unos veinte metros, y volvía a tocar. Según llegaban, los del campo avisaban al que tocaba para que parara. Dice Toni que la campana de Armallones se oye hasta el río Tajo.
El Catastro de Ensenada, a mediados del siglo XVIII, ya registra en Armallones un sacristán pagado para tocar a nublo y niebla. Toni nunca oyó tocar contra el granizo.
Las campanas que ella tocó no eran las antiguas. En la guerra de 1936 desaparecieron del campanario, como tantas otras que acabaron fundidas o vendidas al peso. El 29 de julio de 1948 el alcalde firmó en Carabanchel Bajo el contrato de dos nuevas con la casa Hijos de Constantino Linares: una de unos 500 kilos y otra de 200, a 35 pesetas el kilo.
El Campanillo de Checa
En Checa, la campana menor de la iglesia de San Juan Bautista se fundió en el propio pueblo en 1813. La hizo Juan de la Cuesta, y lleva escrito el nombre de Santa Bárbara, aunque todo el mundo la llama el Campanillo. La memoria popular cuenta que, mientras se fundía, los vecinos le gritaban al calderero que echara más cobre, y de ahí vendría, quizá, el dicho checano «Cobre que sobre». El fundidor contestó a su manera, según la misma tradición: «Bárbara me llamo, cien arrobas peso, quien no me crea que me haga el peso». La campana mayor, Santa María, la fundieron los Colines en 1890.
Checa fue pueblo de herreros. Tuvo ferrerías, un hierro con fama desde antiguo y una puerta de rejería en el atrio de la iglesia, de 1886, obra del armero Fermín Cercenado.
El Mambrú de Arbeteta
En Arbeteta, en 1787, la iglesia de San Nicolás de Bari estaba en ruinas y los vecinos tuvieron que elegir: una espadaña, que era lo presupuestado, o una torre, más propia de una villa. Votaron la torre. La levantó Miguel Mateo Fandos, el mismo de las de Escamilla y Molina, en barroco aragonés y con tres cuerpos. Arriba pusieron una veleta de madera forrada de latón: un granadero con mitra y un banderín con una cruz. El pueblo lo llamó Mambrú, como el de la canción, y a los de Arbeteta los pueblos vecinos todavía los llaman mambrús.
La leyenda que recogió Francisco Layna Serrano en 1944 cuenta que Mambrú era el hijo del sacristán, enamorado de una moza rica de Escamilla. El padre de ella no quiso un yerno pobre, y él se hizo granadero y volvió sargento, pero tampoco le valió. Desde entonces, dicen, los dos subían a las torres de sus pueblos para hacerse señales, hasta que él volvió a la guerra para ganar más galones. Llegó a capitán y murió en una batalla; cuando la noticia llegó a Escamilla, la moza enfermó y murió poco después. Los vecinos pusieron en cada torre la figura de un granadero y la de una muchacha.
En 1985 un rayo derribó al Mambrú. Los vecinos lo encontraron roto en el suelo; solo quedaba la cabeza, y dentro tenía balas redondas de fusil. Los autores del artículo de Abarca las atribuyen a los franceses, que saquearon Arbeteta el 27 de noviembre de 1811. Cuentan también que en la Guerra Civil las tropas que pasaban por el pueblo jugaban a tirarle.
Los toques de Alustante
En Alustante, Diego Sanz se propuso recuperar los toques de campana del pueblo, y publicó el trabajo en 2005 en los Cuadernos de Etnología de Guadalajara. Él mismo tocaba las campanas e iba en las procesiones, y ayudó a poner en marcha la cofradía del Santo Cristo de las Lluvias.
Esa cofradía acompañaba a los muertos. Paulino Lorente, que ya pasa de los noventa y nueve años, recuerda cómo iban por turnos con el cura y un Cristo enorme a buscar al difunto a su casa. Antes del funeral, un niño recorría el pueblo con una campanilla tocando los clamores para anunciar la muerte. Esa vida está en El pan que Paulino guardaba, y otros sonidos y oficios del pueblo en Lo que cabe en una teja.
Vocabulario
- Tocar a dobles
- Toque lento de difuntos. En Armallones se remataba con tres golpes si el muerto era hombre y dos si era mujer.
- Arrebato
- Toque rápido, ahogando un tañido con otro, para llamar a todo el pueblo ante un fuego o una emergencia.
- Tocar a gloria
- Volteo de las dos campanas a la vez, para bautizos, bodas y la Resurrección.
- Tocar a nublo
- Toque para alejar las nubes de granizo.
- Clamores
- Toques que anunciaban una muerte. En Alustante los daba un niño con una campanilla por las calles.
- Maroma
- Cuerda gruesa de la que se tira para mover la campana.
- Espadaña
- Muro que se alza sobre la iglesia, con huecos para las campanas; más modesto que una torre.
Preguntas frecuentes
¿Qué era el toque de niebla?
En Armallones, cuando había niebla o ventisca, se tocaba la campana grande desde una hora antes de anochecer para guiar a quien se hubiera perdido en el campo. Eran tres toques espaciados: al oír el primero, el caminante se paraba; el segundo le daba la dirección y el tercero se la confirmaba. Se seguía tocando hasta que todos avisaban de que habían llegado.
¿Qué es el Mambrú de Arbeteta?
La veleta de la torre de Arbeteta, un granadero de madera forrada de latón colocado tras la reconstrucción de 1787. La leyenda recogida por Layna Serrano en 1944 lo convierte en un sargento enamorado de una moza de Escamilla. Un rayo lo derribó en 1985, y en su cabeza aparecieron balas redondas de fusil.
Fuentes y lecturas
- Toni Ibáñez Ibáñez, «Tocar las campanas». Abarca 4, pp. 12–14.
- Juan Luis López y Lourdes Costero, «Mambrú se fue a la guerra». Abarca 4, pp. 6–9.
- «El mejor hierro de la Celtiberia». Aguaspeña 1 (1994), pp. 15–16.
- Juan Carlos Esteban, reseña de Diego Sanz, «El uso de las campanas en el Señorío de Molina: memoria sobre la recuperación de los toques de campanas en Alustante» (Cuadernos de Etnología de Guadalajara 37, 2005). Hontanar 43 (2007), p. 27.
- Ángel Lorente Lorente, «Nonagenarios alustantinos XVIII». Hontanar 89 (julio de 2026), pp. 6–7.
Para seguir leyendo sobre la historia de este territorio. Bibliografía completa.
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