Episodio · oficios antiguos – memoria reciente · Resina, gancho y chozón
Lo que cabe en una teja
Todos los tejados viejos de Arbeteta tienen el mismo color porque sus tejas salieron del mismo barrero. Cada verano el ayuntamiento contrataba tejeros valencianos y alicantinos para hacer diez mil tejas antes de San Mateo. En 2021 un grupo de vecinos encontró el horno en el barranco del Tejar. En Labros, la fragua se convirtió en 1983 en el lugar de reunión del pueblo.
Los tejados del mismo color
Todos los tejados viejos de Arbeteta tienen el mismo color. Es porque sus tejas salieron del mismo sitio: el tejar de Arbeteta, un horno donde se hacían tejas, ladrillos y baldosas junto a una tierra arcillosa y una fuente. Durante siglos estuvo en el mismo lugar. En el pueblo muchos sabían de él, pero nadie acertaba a describirlo, y la vegetación lo había tapado todo.
En junio de 2021, Juan Luis López y Lourdes Costero formaron un grupo para buscarlo. Dejaron el coche en la pista del kilómetro 23 de la carretera de Valtablado del Río, rodearon el Pino Corona y llegaron al Collado del Yeso, donde están los hornos de yeso de Valtablado. Desde allí bajaron sin camino por el barranco del Tejar, entre pinos, romeros y aliagas, por donde subía el viejo camino de Arbeteta a Valtablado. El barranco iba seco, pero a medida que bajaban aparecían juncos y hasta un chopo. A los seiscientos metros encontraron el horno y, a tres metros de él, los restos de la casa de los tejeros.
La casa tenía unos 70 metros cuadrados y dos puertas. Por la del sur entraban los tejeros a dormir. Por la del norte, la más cercana al horno y a la era, se metían a toda prisa las tejas crudas cuando amenazaba lluvia, porque un chaparrón arruinaba el trabajo de días. El horno está hundido en la pendiente, con las paredes de piedra revestidas de barro: 2,90 metros de ancho, 2,40 de largo y 2,30 de alto en la cámara donde se cocían las tejas, y debajo, el hogar del fuego.
Diez mil tejas antes de San Mateo
Los tejeros eran forasteros, casi siempre de Valencia y Alicante, y los contrataba el ayuntamiento. En los meses anteriores los vecinos iban diciendo cuántas tejas necesitaban, y cuando había pedido bastante se llamaba a los tejeros. Ante un escribano se firmaba una escritura de obligación. Con cifras aproximadas, el tejero se comprometía a entregar en el pueblo 10.000 tejas, unos 420 metros cuadrados de tejado, a 75 reales el millar, «labradas a toda satisfacción por oficiales que lo entiendan». Llegaba el 1 de junio y tenía que acabar para San Mateo, el 21 de septiembre. El ayuntamiento le adelantaba 400 reales al empezar, le pagaba el resto en los quince días siguientes a la entrega y lo dejaba horro, sin tributos de vecino, mientras trabajara en Arbeteta.
Antes de amasar había que preparar el horno y juntar combustible, romeros y ramas de pino en gavillas, bien secos, porque durante la cocción no podía faltar. A veces se lo encargaban a algunos vecinos y les pagaban con tejas; otros vecinos pagaban sus tejas con grano de la era.
Del barro a la teja
La era de secado, al norte del horno, tenía unos 200 metros cuadrados. Había que dejarla limpia y lisa, con ceniza extendida y repasada con un rulo de piedra, para que las tejas crudas no se pegaran. Junto a ella se extendía la arcilla del barrero para secarla; se machacaba con un pisón para deshacer los terrones, se cribaba y se guardaba.
En una pila grande se echaban unos treinta cántaros de agua de la fuente y encima la arcilla, y se dejaba reposar toda la noche. Por la mañana se pisaba hasta tener una masa compacta, volteando mucho las tortas para que no quedaran burbujas. Luego trabajaban dos personas en una mesa. Uno espolvoreaba ceniza en la gradilla, la llenaba de barro y le pasaba el rasero; de ahí la teja pasaba al galápago, que le daba la curva. El otro la llevaba a la era, la posaba junto a la anterior y le pasaba los dedos mojados por el lomo. Esas huellas se ven todavía en las tejas de Arbeteta.
Cada teja medía 47 centímetros de largo, 22 de ancho por un lado y 17 por el otro, y un centímetro y medio de grueso. Se secaban al sol varios días. Después se metían en el horno de pie y bien ordenadas, se tapaba la puerta con piedras y barro y encima se ponía una capa de ladrillos cocidos con un agujero de chimenea. El fuego se mantenía unas 36 horas, atizándolo sin parar, hasta que el maestro tejero comprobaba por arriba que estaban cocidas. Entonces se tapaban la hornilla y la chimenea, y el calor aguantaba al menos diez días más. Los autores calculan que en cada cocción cabían unas 4.000 tejas. Luego bajaban al pueblo en mulas.
El tejar funcionó a temporadas durante cientos de años, hasta los años cuarenta del siglo XX. Los últimos tejeros durmieron en la casa de Manuel Herráiz y Telesfora Blasco, que por entonces vivían en Peñalén. El horno está en un barranco sin camino y cubierto de vegetación. Para ver su obra basta con mirar los tejados del pueblo.
La fragua de Labros
En Labros, la vieja fragua tuvo una segunda vida. En 1983 la Asociación de Amigos de Labros la convirtió en centro cívico: allí se guardaban los aperos del campo que ya nadie usaba y se preparaban reuniones, exposiciones, teatro y la revista del pueblo. Lo recordó Andrés Berlanga en 2010, en una carta a El País en la que denunciaba la pérdida de edificios de Labros.
Esa revista es la misma en la que Fernando Gutiérrez contó los juguetes que fabricaban de niños. Otras memorias de los pueblos, sacadas de sus revistas locales, están en Cuando el pueblo se oía y en el fuego y la tierra, con los hornos de cal de la comarca.
Vocabulario
- Barrero
- Lugar de donde se saca el barro o la arcilla.
- Gradilla
- Molde de madera con la forma plana de la teja.
- Galápago
- Molde curvo sobre el que se da forma de canal a la teja.
- Hornilla de atizado
- Boca inferior del horno por la que se metía y avivaba el fuego.
- Tejas oreadas
- Tejas crudas secadas al sol en la era antes de cocerlas.
- Escritura de obligación
- Contrato ante escribano en el que el tejero y el procurador del ayuntamiento fijaban tejas, precio y plazos.
- Horro
- Libre de cargas. El tejero no pagaba tributos de vecino mientras trabajaba en el pueblo.
Fuentes y lecturas
- Juan Luis López y Lourdes Costero, «El Tejar de Arbeteta». Abarca 6 (2024), pp. 5–7.
- Andrés Berlanga, «Desaguisado ejecutado». El País, 15 de diciembre de 2010.
Para seguir leyendo sobre la historia de este territorio. Bibliografía completa.
Siguiente relato: Una baraja vieja, una rama de saúco