Episodio · siglo XX – actualidad · Resina, gancho y chozón
Las que también contaban el pueblo
Juliana Sanz, «la Jabonera», fue a una escuela de 107 niñas y sirvió en Barcelona; se acordaba entera de un mayo que los mozos le cantaron a su madre. La tía Jacinta sobrevivió al tifus, sirvió en Valencia y Barcelona y llevó con su marido la tienda de Comestibles Arrazola. La Molinera lavaba en el río desde los siete años. Las revistas de Checa y Alustante guardan sus voces.
Juliana, la Jabonera
Juliana Sanz Sánchez nació en Alustante el 28 de enero de 1913, el año en que pusieron la luz en el pueblo y empezaron la carretera de Tordesilos. Con 94 años se lo contó a Ángel Lorente para la revista Hontanar.
Se acordaba de su maestra, doña Virginia, y de una clase abarrotada con 107 niñas en invierno. Le gustaba la escuela y pudo ir hasta los catorce años bien cumplidos. Ya entonces veía que la maestra enseñaba más a las ricas que a las pobres. Años después, las maestras insistieron en que sus hijos se prepararan en Molina para el bachillerato, porque valían, pero en casa no había medios y no lo intentaron. Lo lamentaba.
De niñas jugaban a la cuerda, a los alfileres y a las descansaderas, y veían los títeres en casa del tío Frutos. Las chicas de familias humildes se ponían a servir. Ella fue cinco años niñera en casa del boticario, que quiso llevársela a Teruel, pero su madre no la dejó; luego sirvió veintiún meses en Barcelona. En casa y en el campo hacía de todo: segar, atar, acarrear, trillar con su padre, amasar el pan y llevarlo al horno, pagando al hornero con un pan, traer agua de la fuente, lavar en el río, coser y blanquear.
Su noviazgo con Ignacio Sanz duró nueve años. Los mozos ponían enramadas de flores en la puerta de las novias, y una noche los amigos de Ignacio le cantaron tres coplas bajo la ventana. La gente se casaba entre iguales, los pobres con los pobres. No había banquete: en casa del confitero se servía un desayuno de chocolate, bizcochos y refrescos, y ella también sirvió allí mesas. Ignacio mandaba, como todos los hombres, dice Juliana, aunque ella era una mujer con pensamiento.
Guardaba en la memoria un mayo que los mozos del pueblo le habían cantado a su madre, Maximina, cuando nació, un 29 de mayo, a cambio de un duro y una liebre. Lo aprendió de ella y lo cantó entero en la entrevista. Se parece a los que todavía se cantan en la sierra de Albarracín. Cantaba también en la era, trillando, «todo el día la boca como una dalla». Recordaba los carnavales, que se prohibieron después de la guerra, disfrazada con los pantalones de su padre y la cara tapada.
La tía Jacinta, de Comestibles Arrazola
Jacinta nació en Checa el 11 de septiembre de 1916, en una familia humilde. Con nueve años cogió el tifus; en casa le tenían preparada la mortaja, y sobrevivió. Perdió pronto a su padre y empezó a servir muy joven. De aquella primera casa decía que la señora era muy mala, pero que ella aprendió rápido y se hizo más pícara que la señora.
Con quince años se fue con otras chicas del pueblo a servir a Valencia y después a Barcelona. Tenía libres las tardes de jueves y domingo: paseaba, iba al cine y alguna vez entró al Liceo. Durante la guerra vio pasar a la Pasionaria en un camión militar por las calles de Barcelona. Cada agosto volvía a Checa para las fiestas, hasta que un año conoció a Eugenio Arrazola y ya no se marchó. Crió como propios a los tres hijos que él tenía de su primer matrimonio, y juntos tuvieron a Marina.
Con Eugenio, y luego con la ayuda de Marina, llevó Comestibles Arrazola, donde se vendía de todo, del calzado y la ropa a la comida y lo de la casa. Tenía tan buena mano en la cocina que era ella quien preparaba el agasajo cuando había visitas oficiales en el pueblo, y daba comidas en su casa. Sus nietos la homenajearon en Aguaspeña en 2013, cuando todavía se hacía la comida cada día y seguía, en segundo plano, al pie del cañón en la tienda.
La Molinera
María Magdalena, a la que en Checa todos llamaban por el apodo heredado de la Molinera, nació un 22 de julio en un molino, hacia 1930. «Tenía siete años y ya lavaba en el río», contaba. Y explicaba cómo se hace una buena colada: de rodillas, dándole jabón a la ropa hasta ablandarla y luego lavando, y si hace sol, se tiende en la hierba, porque el sol es lo mejor para la ropa. Su agua preferida era la del Rochón, porque con ella se gastaba mucho menos jabón. El jabón se lo seguía haciendo ella: cinco litros de grasa, cinco o seis de aceite, agua y un kilo de sosa, dando vueltas hasta que cuaja, y cortado en pastillas cuando se enfría.
En su casa conservaba la cocina de antes: la antorcha donde su madre leía a la luz de las teas, el agujero por donde se tiraba el agua sobrante a la calle, las cantareras en los huecos de la pared, el vasar con los platos y los paños bordados con las iniciales de su madre, Isabel García. Abajo quedaba el molino, con la habitación y la cocina donde vivió con sus padres y la maquinaria al fondo. Durante años lo blanqueó y lo cuidó ella. Le gustaban los toros, las cartas y leer todo lo que pescaba.
Contar el pueblo desde dentro
En 1995 se presentó en Aguaspeña la Asociación de Mujeres de Checa. Hablaban de participar y formarse, y también de lo difícil que era encontrar empleo, estudiar o moverse desde un pueblo. Dos años después publicaron un estudio del medio de Checa, con su población y sus servicios, hecho por ellas mismas dentro del programa europeo NOW.
Las historias siguen. En Alustante, Elena Ivanciu llegó hace veintiún años desde Iași, en la Moldavia rumana. Trabajó en la ayuda a domicilio y el servicio doméstico por Tordesilos y los pueblos de alrededor, abrió una tienda de comestibles en el bajo de su casa y, con su familia, se quedó en 2020 con un bar de Alustante, justo antes del confinamiento. Lo cuenta Elena Borbolla en Hontanar en 2026. Yolanda Temprado volvió a Armallones, donde pasaba los veranos de niña, rehabilitó la casa de su padre y abrió alojamientos en Armallones y Villanueva de Alcorón. Lo que cuesta quedarse está en Una casa para quedarse. Otras vidas de mujeres cruzan El pan que Paulino guardaba, con Silveria cosiendo y llevando una pensión en Madrid, y Cuando el pueblo se oía, con Toni Ibáñez en el campanario de Armallones.
Vocabulario
- Servir
- Trabajar de criada o niñera en casa ajena, en el pueblo o en la ciudad.
- Enramada
- Ramos y flores que los mozos ponían de noche en la puerta de la novia.
- Mayo
- Canción que los mozos cantaban a las mozas o a las recién nacidas al entrar mayo, a cambio de un convite.
- Colada
- Lavado de la ropa en el río, con jabón hecho en casa y tendida al sol en la hierba.
- Cantarera
- Hueco o poyo en la pared de la cocina donde se colocaban los cántaros.
- Vasar
- Estante de la cocina para platos y tazas.
Dónde verlo hoy
Fuentes y lecturas
- Ángel Lorente Lorente, «Nonagenarios alustantinos III: Juliana Sanz Sánchez, la Jabonera». Hontanar 43 (2007), pp. 7–10.
- «Una pequeña historia de una gran mujer» y «Charlando con la Molinera». Aguaspeña 20 (2013), pp. 14–17.
- Asociación de Mujeres de Checa, presentación (Aguaspeña 2, 1995) y «Breve resumen del estudio del medio» (Aguaspeña 4, 1997). Colección.
- Elena Borbolla, «Alustante, pueblo de acogida». Hontanar 89 (2026), pp. 28–29.
- Yolanda Temprado, «Habitar, cuidar, crear». Los Ojos de la tierra 32 (otoño de 2025).
Para seguir leyendo sobre la historia de este territorio. Bibliografía completa.
Siguiente relato: Lo que cabe en una teja

