Episodio · 1940 – 1975 · Resina, gancho y chozón

Un año en un pueblo de la sierra

Hasta los años setenta, en los pueblos de la sierra del Alto Tajo casi todo se hacía en común y se medía por el calendario. La dehesa se cerraba en mayo con espinos, el monte se «vedaba» y se abría a la vez para todos, el pan se cocía en el horno del pueblo y el ganado se guardaba por turnos. Los vecinos de Valsalobre, Orea y Peralejos lo recuerdan en primera persona.

Un pueblo que funcionaba en común

«En los pueblos no había especialistas, todos éramos todos», recuerdan en Peralejos de las Truchas, y lo resumen con un refrán: hombre de muchos oficios, pobre seguro. Hasta los años setenta, un pueblo de la sierra del Alto Tajo vivía del campo, del ganado y del monte, y casi todo se organizaba en común y por turnos.

Lo cuentan, en una serie de entrevistas grabadas por el proyecto Vestal Etnografía, los vecinos de Valsalobre, una aldea de Beteta que llegó a tener más gente que la propia Beteta. Lo que describen se parece mucho a lo que recogen, al otro lado de la sierra, la revista Aguaspeña de Checa o los vecinos de Orea.

La dehesa, cerrada con espinos

La dehesa boyal era para los animales que trabajaban: vacas y mulas. Las ovejas no podían entrar, y si el guarda las pillaba, había denuncia. Cuando llegaba mayo y el trigo crecía, había que impedir que el ganado de labor saliera a los sembrados. Entonces salía todo el pueblo, cortaba espinos, los arrastraba con mulas y cerraba cada portillo de la dehesa.

Ese día acababa en fiesta: el día de las cerraduras. Había comida, se bebía un poco, un vecino se disfrazaba y hacía «la entrada de moros» con su mula en la plaza, y por la noche había baile. Al día siguiente, otra hacendera: limpiar todos los caminos para que los carros cargados de mies pasaran sin engancharse en las zarzas.

Las caballerías de todo el pueblo las guardaba el dulero o mulero, y las vacas, el vaquero, a veces un niño de nueve u once años que dormía en la choza de la dehesa. Por la mañana sonaba el caracol, una caracola que hacía de bocina (había uno para las mulas y otro para las vacas, y sonaban distinto), y cada casa sacaba sus animales. El puesto salía a subasta y se pagaba en trigo: unos celemines por vaca, media paga por quien solo tenía una mula. Hubo quien discutió que el burro debía pagar menos «porque era peor».

Si un animal se escapaba y se comía el huerto de otro, también había una norma común. En Ciruelos del Pinar todavía se conserva el Corral del Concejo: allí se encerraba a la mula o al burro que había hecho daño en un campo ajeno. El animal no salía hasta que su dueño se presentaba ante el hombre bueno del pueblo, que tasaba el daño y fijaba lo que había que pagar. Era una justicia de vecinos, sin jueces ni papeles. A mayor escala hacían lo mismo las Sexmas del Señorío de Molina, que repartían entre los pueblos pastos, montes y maderas. La Sexma de la Sierra reunía a trece pueblos. Enrique Arauz Estremera, médico y alcalde de Peralejos en el siglo XIX, dejó escrito que sus diputados y sesmeros se elegían a la sombra de un roble, el del Campillo, en término de Alcoroches. Hoy un monumento lo recuerda a tres kilómetros del pueblo, camino de Traíd: el Roble de la Sexma.

El monte, vedado y repartido

Del monte salía casi todo, pero nada se cogía cuando uno quería. Se vedaba: el espliego, los gamones o las bellotas estaban prohibidos hasta un día fijado, y ese día todos salían a la vez. La noche antes, había quien iba a dormir al raso junto a los mejores rodales para ser el primero al amanecer.

  • El espliego se segaba a primeros de septiembre, se pesaba en la báscula y se destilaba en una caldera junto al puente del pueblo. En una casa con poca tierra, recuerdan, del espliego «vivíamos medio año».
  • Los gamones y las bellotas eran para el cerdo: se cocían con calabaza, peladuras de patata y salvado.
  • Las setas también se aprovechaban. Un vecino recuerda cargar una mula de níscalos, que allí llamaban mízcalos, y bajarlos a Cañamares para cambiarlos por uvas, a ojo, bulto por bulto.
  • La leña de los robles se podaba en común, se apilaba en rimeros numerados y se sorteaba. Un roble muy grande tocaba a varias casas.

La resina era el mejor jornal. En Valsalobre llegó a haber cinco resineros, y uno de ellos llevaba 3.500 pinos. La miera se recogía en potes de barro hechos en Priego y se pagaba por cubas. Un vecino dice que sus primeros sueldos buenos los ganó en la resina. Sobre cómo era aquel oficio, ver los resineros.

Pan, agua y colada

El pan se cocía en el horno del pueblo, que era comunal. Cada casa amasaba en su artesa pan para dos semanas, con la masa madre guardada de la vez anterior. Llevaba los panes en la cabeza y les ponía una señal, una cruz o una marca, para distinguirlos. El hornero era un vecino que ganaba la subasta del horno por uno o dos años, y cobraba en pan.

El agua había que ir a por ella a la fuente, con el cántaro en la cabeza sobre un rodete de trapo. De paso, era el sitio donde se veían chicos y chicas: a veces se vaciaba el cántaro solo para volver a pasar. La ropa se lavaba en el río, y en invierno había que romper el hielo. Una colada llevaba tres días: enjabonar, lavar en el río, tender en el prado al sol mojándola varias veces, y aclarar.

El agua corriente llegó tarde. Los vecinos no se ponen de acuerdo en la fecha: una la sitúa a principios de los setenta; otro, hacia 1984, y recuerda que Valsalobre fue de los últimos pueblos de la provincia en tenerla. La luz eléctrica entró casa por casa, de una en una, y se pagaba por bombilla según los vatios. Un abuelo se negaba a ponerla porque creía que la casa iba a arder. Cuando su hijo colgó una bombilla de 15 vatios, la vio encendida día y noche y acabó pidiendo una para él.

El cerdo, la matanza y los huevos

«El gorrino nos salvaba a toda la familia». En invierno se hacía la matanza, que duraba dos o tres días y juntaba a toda la familia. Las tripas se lavaban en el río. Los chorizos y el lomo se guardaban en orzas con aceite para comer en verano, durante la siega. Los jamones se salaban con una o dos arrobas de sal que cada casa compraba en la salina del pueblo (ver las salinas).

Los huevos eran casi una moneda. Las niñas iban andando a Beteta con la cesta, los vendían y con eso compraban lo que hiciera falta. El mejor pollo se reservaba para el santo.

Verano de siega, invierno de ausencia

En verano no quedaba nadie en el pueblo: todos estaban segando a mano, acarreando la mies con la mula o dando vueltas en la trilla, a veces con siete u ocho años y un sombrerito. Al acabar, a los niños que habían ayudado les daban roscas.

En invierno, en cambio, faltaban los hombres. Los que tenían ganado se iban con él a Andalucía o a La Mancha, y los que no, se iban de pastores para otros. Paco Casado, ganadero de Orea, hizo esa trashumancia más de cuarenta años. Se cuenta en caminos y cañadas.

Fiestas con permiso

Las fiestas eran pocas y pequeñas, y no siempre libres. Un vecino recuerda que el cura podía suspender el baile si no había «permiso gubernativo»: «aquí mandaban el secretario, el cura y la guardia civil». Aun así se cantaban los mayos a cada moza a la puerta de su casa, se pedía por las casas en Semana Santa y, cuando un mozo volvía de la mili, ya había ronda. Tocaba el acordeón algún músico de la comarca; uno venía de Peñalén y era también sacristán.

Y estaba el Pino de Judas. Por Pascua, los mozos buscaban el pino más alto del monte, lo traían en carros (hubo años en que hicieron falta dos, uno delante y otro detrás) y lo plantaban en la plaza, empalmando palos y aguantándolo con horquillas. Arriba colgaban a Judas, y había que velarlo toda la noche porque los mozos del pueblo de al lado venían a tirarlo. Después se subastaba la madera para pagar la fiesta. El último que intentaron plantar «como antes», a mediados de los sesenta, no pudieron levantarlo entero: ya no había mozos suficientes.

La marcha

«En el 72, 73 es cuando más se fue todo». Los testimonios coinciden en la fecha. En Orea, dice un vecino, había trescientos cabezas de familia. Los jóvenes se fueron a Madrid, Barcelona o Valencia, a la fábrica de carborundo de Vadillos o a estudiar con beca a Cuenca. «No había trabajo más que el del campo; te casas, tienes hijos y te vas por ellos», resume una vecina. Las cuestas que antes se labraban con mulas son hoy pinar y matorral.

Los que quedan tienen una lectura que se repite: sin ganado ni siembra, el monte se cierra y arde. «Antes se cortaban cientos de espinos para cerrar la dehesa y al año siguiente había más», dice un antiguo pastor. Es una opinión, pero es la de quienes pasaron cuatro meses al año durmiendo en el monte con el rebaño.

Lo que vuelve a moverse

En Orea y Peralejos, vecinos, una asociación de mujeres y los ayuntamientos intentan que el monte vuelva a dar de comer con el proyecto «Del bosque a tu casa»: tomillo, cantueso, muérdago, escaramujo, tila o cuerna de ciervo y corzo para infusiones, hidrolatos y cosmética. En Peralejos cuentan que con la tila y la miel se hacía el chapurriado de la víspera de las bodas. «Esto está lleno de recursos y vacío de oportunidades», dicen en Orea. Quizá sea la mejor definición de la sierra que se ha escrito.

Vocabulario

Sexma
Cada uno de los distritos en que se dividía la Tierra de Molina para gobernar sus bienes comunes.
Hombre bueno
Vecino respetado que arbitraba los pleitos pequeños del pueblo.
Dehesa boyal
Monte del común reservado para los animales de labor, vacas y mulas.
Vedar
Prohibir coger algo del monte hasta un día fijado, igual para todos.
Dulero
Vecino que guardaba las mulas y caballerías de todo el pueblo, por turnos o por subasta.
Gamón
Planta de flores blancas cuyos tallos y raíces se cocían para los cerdos.
Rimero
Montón de leña. Los rimeros se numeraban y se sorteaban entre los vecinos.
Hornero
Quien calentaba y atendía el horno comunal. Cobraba en pan.
Celemín y fanega
Medidas de grano con las que se pagaban el vaquero, el molinero o el mulero.
Mayos
Coplas que los mozos cantaban a las mozas a la puerta de su casa la noche de mayo.
Pino de Judas
Pino altísimo que los mozos cortaban y plantaban en la plaza por Pascua, con un muñeco de Judas colgado arriba.

Dónde verlo hoy

Preguntas frecuentes

¿Qué era el día de las cerraduras?

En Valsalobre, cuando llegaba mayo, todo el pueblo cortaba espinos y cerraba la dehesa boyal para que vacas y mulas no pasaran a los sembrados. Terminaba en fiesta: comida, bebida, un vecino disfrazado que «entraba de moro» con su mula en la plaza y baile.

¿Qué es el Pino de Judas?

Una costumbre de Pascua: los mozos elegían el pino más alto del monte, lo traían en carros y lo plantaban en la plaza con un muñeco de Judas arriba. Había que vigilarlo toda la noche porque los mozos del pueblo vecino intentaban tirarlo. Luego se subastaba la madera para pagar la fiesta.

¿Cómo se repartía la leña del monte?

La poda de los robles se hacía en común. La leña se apilaba en montones o rimeros, se numeraban y se sorteaban entre los vecinos. Si un roble era muy grande, tocaba a dos, tres o cuatro casas.

Fuentes

  1. Testimonios de vecinos de Valsalobre (Beteta) grabados por Vestal Etnografía: la dehesa, la resina y la leña; el espliego y el gamón; el agua y el horno comunal; los mayos y la matanza; las salinas y el Pino de Judas; la escuela; la taberna y el baile (YouTube, @vestaletnografia).
  2. Testimonio de Francisco Javier Casado Pérez, ganadero trashumante de Orea (Vestal Etnografía).
  3. Vecinos de Orea y Peralejos de las Truchas en el proyecto «Del bosque a tu casa» (Vestal Etnografía).
  4. Revista Aguaspeña (Checa), n.º 20: los viejos labradores.
  5. «El Roble de la Sexma, Alcoroches», Sierra Alto Tajo (sierraaltotajo.es).

Textos propios redactados a partir de estas fuentes. Datos contrastados; cuando las fuentes discrepan, se indica. Bibliografía completa.

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