Un acueducto de doble rosca en Zaorejas, quizá ligado a una mansio del camino entre Laminio y Caesaraugusta, y las galerías de hierro de Cueva del Hierro: Roma llegó al Alto Tajo buscando agua, paso y metal.
Una selección de huellas relacionadas con esta época. Las fechas corresponden a la capa histórica; un lugar puede tener otros orígenes, transformaciones y usos posteriores. Las atribuciones discutidas se explican en sus fichas.
Antes de las personas, el Alto Tajo fue un mar frío junto al polo, un bosque sepultado por cenizas, un llano de ríos rojos, lagunas de sal y un mar tropical; luego la tierra se arrugó y el Tajo la fue cortando. Cada época dejó una roca que hoy se puede ver.
Antes de los pueblos hubo abrigos. En la Cueva de los Casares, cazadores del Paleolítico superior grabaron en las paredes caballos, ciervos y figuras humanas; en los abrigos del Gallo y en Peña Escrita, gentes posteriores dejaron signos esquemáticos en la roca.
Poblados en espolones con foso, muralla y campos de piedras hincadas. El Ceremeño, Peña Moñuz o Castil de Griegos cuentan cómo se vivía, se defendía y se trabajaba el hierro en la Celtiberia antes de Roma.
Un acueducto de doble rosca en Zaorejas, quizá ligado a una mansio del camino entre Laminio y Caesaraugusta, y las galerías de hierro de Cueva del Hierro: Roma llegó al Alto Tajo buscando agua, paso y metal.
Tierra de frontera entre Castilla y Aragón, el Señorío de Molina fue casi un reino: castillos, atalayas, un monasterio cisterciense y la sal de Armallá citada ya en el fuero de Manrique de Lara.
La Corona tomó las salinas, las ferrerías movían martinetes con el agua de los ríos y, cada invierno, miles de troncos bajaban por el Tajo hacia Aranjuez guiados por los gancheros.
El siglo en que el monte dio de comer: resineros picando pinos, pastores bajo chozones de sabina, caleras humeando junto a los pueblos. Un mundo que se apagó en una sola generación.
El cañón formó parte del frente: posiciones en los puntales, pasos vigilados y refugios. La memoria de la guerra incluye también a las guerrillas de Molina, el trabajo del monte y las familias. El Alto Tajuña permite seguir esa historia en el entorno occidental.
Los embalses cortaron el río a la madera, el camión jubiló al arriero y la gente se fue a Madrid, Valencia o Barcelona. Algunos pueblos quedaron vacíos; otros resisten con un puñado de vecinos todo el año.